F rancisca García Ramírez es una ganadera emprendedora, natural de Grazalema, donde ha vivido toda la vida. Su trabajo ha sido reconocido con el Premio de Agricultura y Pesca 2010 en la categoría de «Iniciativa de la Mujer». En 2011, recibió la Medalla de Cádiz por parte de la diputación de dicha provincia, por la perseverancia que la caracteriza y su espíritu emprendedor. En 2012, el Consejo de Gobierno de la Junta de Andalucía le otorgó la Medalla de Andalucía por su labor de crianza de ovejas Merinas de Grazalema, raza autóctona en peligro de extinción. Nos encontramos con ella en su casa, entre labores y animales.
Para seguir adelante también es importante mirar atrás
Francisca es una mujer trabajadora, fuerte, llena de inquietudes. No le faltaron ganas de ir a la universidad, de seguir aprendiendo. No le fue posible, además de no contar con el respaldo económico necesario, no podía dejar a un lado a sus padres. Se hizo responsable de su familia y tomó las riendas de la ganadería de su padre, para que él pudiese empezar a descansar: «Si mi padre no se quiere jubilar, yo tengo que hacerme cargo de todo esto».
A día de hoy, a Francisca no le resulta fácil seguir adelante con sus trescientas ovejas, de las cuales 150 son de leche. Hasta hace poco más de un año, que se hizo con una máquina de ordeño, ordeñaba a mano a sus ovejas todos los días. No ha dejado de hacerlo con las 40 cabras que tiene. Con tristeza nos cuenta que tuvo que dejar sus 20 vacas por la carga de trabajo que estas suponían. Después de la pérdida de su padre, la otra mitad de la ganadería, Francisca tuvo que contratar a un trabajador con quien comparte actualmente todas las tareas, pero aun así, nos reconoce que no es suficiente. Se siente asfixiada por la burocracia y por la sensación de soledad que le dejan las administraciones.
«Yo ahora cuando termine aquí [en el campo], tengo que hacer la comida para mañana, me tengo que duchar, tengo que arreglar una lavadora, tengo que recoger otra: las dos de la mañana…¿Y los papeles, que los tengo allí, muertos de risa? Tengo que ponerme con el ordenador…¿Eso cuándo? ¿A las dos o dos y media de la madrugada? Y a las seis y media, otra vez levantada.»
«Antes la vida era más tranquila, disfrutaban de lo que estaban haciendo, yo hoy no disfruto. Yo estoy estresada, por no decir otra palabra»
La pandemia ha supuesto un desafío para la mayor parte de las empresas de todos los sectores, pero ha golpeado con fuerza especialmente a los pequeños productores, agricultores y ganaderos.
Conmueve mucho escuchar a Francisca cuando habla de la pandemia y de todo lo que ha luchado para seguir adelante:
«En el siglo en el que estamos y después de la pandemia, somos supervivientes. Yo tuve que hablar con el cuartel de la Guardia Civil para que me dejaran estar en el campo con los animales. Porque yo venía de la sierra y la Guardia Forestal estaba cogiéndome la matrícula del coche para mandarla a Cádiz. Me dijeron que el coche no podía estar allí por las restricciones y yo le dije: ¿Usted sabe de dónde vengo yo? De buscar una vaca que tengo perdida en la sierra. Son las siete de la tarde, quite la denuncia o haga lo que tenga que hacer porque yo vengo de mi trabajo. He hablado con el cuartel de la Guardia Civil porque tengo que trabajar. Me tengo que ir a la colada 1 con el ganado, pero a las tres de la tarde no me van a ver ustedes más. Hoy he tenido que hacer una excepción e irme a la sierra, entonces haga usted el favor de quitar la matrícula y llamar a Cádiz. Están ustedes equivocados, yo vengo de ganar el pan, que a mí nadie me lo da.»
La pandemia ha sido uno de los momentos más complicados en la vida de Francisca. Su madre falleció en sus brazos durante la primera ola del confinamiento, y nos describe lo vivido con mucho dolor y tristeza. Sigue sin comprender la deshumanización que vivió con su muerte, la ausencia de un duelo tan necesario para despedir a un ser querido, porque no se le permitió velarla ni apenas despedirse de ella. Cuando recuerda aquellos momentos se emociona al revivir todo lo pasado, sigue pensando que no hubo empatía ni justicia.
Un poco de nostalgia atraviesa a Francisca cuando recuerda su anterior vida en el campo, pero el idilio se rompe si la compara con todo lo que tuvo que pasar su padre. Encuentra desesperanza en una sociedad que se rige por la inmediatez y la globalización, que no valora lo que se ha hecho siempre, lo pequeño, lo bueno y saludable. Roza lo imposible, desde su tierra, competir con las grandes empresas que se van haciendo con el monopolio comercial del sector lechero y quesero, y bregar con una administración con la que, en el último año, ha pasado cinco inspecciones. Todo esto le provoca una angustia que le hace imposible disfrutar de su oficio.
¿Qué necesitan las ganaderías para poder vivir del campo?
Francisca: Volver, mirar atrás. La vida de antes era más tranquila, había menos enfermedades, aunque no se sabía de lo que se morían las personas, hoy sí, hoy sí se sabe. El estrés que tenemos, esa ansiedad por llegar a todo, es muy mala. Entonces, ¿eso quién lo frena? Y si ahora hay una pandemia y una guerra…
Le preguntamos a Francisca si cree que hay alguna forma en la que los alimentos que producen los ganaderos tengan un precio justo, y ella, nos responde sin titubeos, contundente: «valorándolos». Encuentra injusto el desconocimiento que hay acerca de cómo se produce nuestra comida, el poco reconocimiento que reciben los productos artesanos, como los quesos que se hacían en su casa, el cuidado y el saber hacer de las manos que hacen posible la comida que cada día llega a nuestra mesa. Trabaja con una raza autóctona en peligro de extinción, rústica, adaptada al terreno en el que vive, criada en pastoreo, con unas características productivas muy diferentes de aquellos animales en intensivo. Y esto, cuenta Francisca, no facilita las cosas dado que el consumidor desconoce el por qué sus ovejas dan leche tres meses al año, entre otras cuestiones.
¿Hacíais queso antes?
Toda la vida.
Francisca echa de menos el queso de su casa, nos dice que aquello sí que era queso. Cuenta que aún mucha gente sigue preguntando por aquel queso y muchos les piden que lo haga, pero nos asegura que ya no tiene tiempo y que ese queso hoy en día ya no se paga.
¿Cómo hacíais el queso en casa?
Pues mira, el cuajo era natural, lo hacía mi madre majado la noche anterior. Eran unos buenos cuajos, o bien de chivito o de cordero. Ya secado lo echaba en remojo y al día siguiente la piel se desprendía del contenido. Aguado también vale, pero lo majaba mi madre con sal e iba echando poquito a poco agua hasta que hacía medio litro, si era más chiquito era menos, pero si era un poco más le sacaba un poco más de rendimiento y ese era el natural.
Al principio teníamos una yegua que traía la leche, aquello parecía [se ríe]… Pero cuando vino el coche, al sacarme yo el carné de conducir, empezó a llegar así la leche caliente a mi casa. Eso era la innovación…Bueno, recuerdo aquello… parecía que había venido en avión a traerla. Mis padres se miraban entre ellos, como diciendo: «la niña nos la ha pegado, pero esto es ya otra cosa».
A partir de ese momento ya venía la leche caliente, no la tenía que calentar mi madre. Entonces echaba el cuajo, en el momento que estaba blandeando se le metía el gachero2. Mi padre, que tenía unas manos estupendas, lo movía y lo aplastaba, y sino mi madre, porque mi padre tenía que ordeñar doscientas y pico ovejas a mano todas las mañanas y todas las tardes.
«Cuando yo cierre el jerrao hasta el año que viene no lo abro otra vez. Entonces, como nada de esto que yo digo se escucha, pues tengo que seguir adelante…»
¿Cuándo empezasteis con la ordeñadora?
El año pasado, mi padre no llegó a conocerla. Entonces cuando asentaban aquella cuajada, se pasaba al entremijo3 y a la empleita4 para hacer el queso.
¿Este queso lo vendíais en el pueblo?
Lo vendíamos a muchísima gente, venían desde muchos sitios a por nuestro queso. Recuerdo a veterinarios y médicos, y un microbús que vino de Alcalá de Guadaira con veinte personas a por el queso que hacíamos en casa. Me ponían una lista, uno quería quince, otro diez… había que preparar ciento y pico quesos en los zarzos, que eran unas cañas donde los teníamos puestos, unos eran colgados y otros eran en bancos. Así que, se lavaban y se ponían a orear en la cámara de arriba con las ventanas abiertas. Cuando había levante, había que cerrar porque se hinchaba, así que ese queso había que dejarlo a un lado y te lo tenías que quedar tú, porque estaba agujereado. O se ponía lamioso5 porque si el día estaba nublado, el queso quería sudar y no podía, así que había que lavarlo. A todo eso he ayudado a mis padres.
¿Cómo era la vida en el campo?
Si el año había sido malo y no habías podido pagar, con el cheque de los borregos tenías que ir al banco, eso lo he vivido yo en mi casa. Y si no terminabas de pagar, tenías que aportar también el queso. Si tenías que sacar un préstamo lo sacabas y sino… Había que pagar en septiembre también las rentas. Vamos que había que darse dos pataditas corriendo. Por eso a las personas que no trabajan en el campo les es difícil comprender lo que es la vida aquí. El campo es si puedes llegar, porque si no llegas vas quedándote cada vez más atrás. Si no tienes quien te ayude y te eche una mano y todo es pagar… que es lo que me está pasando a mí ahora. ¿Quién va a trabajarme a mí en balde? Nadie.
La vida en el campo se ha puesto muy difícil, y si no nos echan una mano, esto va a ser un caos. Sin ir más lejos, me han dicho que un hombre soltero que tenía una finca cerca de Sevilla ha tenido que venderlo todo, porque las dos personas que tenía a cargo no funcionaban bien y no tiene hijos. Una ganadería que se cierra… La mía si no tengo a una persona detrás que me diga que esto lo vamos a seguir, pues se cierra también cuando yo no pueda trabajar.
¿Te gusta tu profesión?
Yo sabía lo que afrontaba, por los años malos que he vivido en casa. Cuando mi padre le decía a mi madre: Qué año más malo, ahí ya sabía yo que no podía pedir ese año nada para los Reyes. Con conocimiento, yo sabía lo que afrontaba. Lo que no sé es si algún día acabaré por perder la cabeza, porque creo que la mentalidad la trabajamos bastante las mujeres. Siento que una mujer se enfrenta a la vida de una forma diferente que un hombre. Ellas miran todo y hacen lo necesario para que no falte nada. Y eso yo no lo veo con ellos, veo que son más tranquilos, más despegados.
¿Por qué no hay gente joven trabajando en el campo?
Porque la vida en el campo es muy dura, hay que venir todos los días. Y nuestro trabajo no se reconoce ni se valora lo suficiente, igual que los alimentos que producimos. Las condiciones de vida han mejorado, pero en el campo las cosas siguen igual.
¿Cuesta trabajo encontrar personas que quieran dedicarse a cuidar el ganado?
Parece que la Escuela de Pastores funciona en ese sentido, pero por aquí no he notado esa incorporación al campo.
¿Cuántas hectáreas estás manejando?
Yo he estado manejando mil. Lo que pasa es que ahora he dejado la sierra, tengo seiscientas hectáreas.
¿Las instalaciones tienen luz y agua?
He tenido problemas de luz también. Pero en la finca que tenía para las vacas, allí no hay luz. Agua tampoco, tengo un aljibe, tengo un pozo, y del aljibe tengo un abrevadero.
¿Y la figura del parque natural te ayuda? ¿Recuerdas cuándo empezó a ser parque natural?
Cuando no era Parque Natural, cualquiera entraba en el pinar, cortaba un pinsapo, y se lo llevaba a casa para Navidad. Recuerdo como mi padre decía: Qué lástima lo que están haciendo. El Parque está ahí, pero nosotros también tenemos unas limitaciones, si el Parque no te dice lo que tienes que hacer tú no te puedes mover.
«La gente me dice, Francis, descansa. pero si a esto no me dedico yo ¿quién se va a dedicar? Si yo no lo hago esto se pierde, esto se cierra. Aquí se echa una llave, el día que yo diga adiós y se termina»
¿Sientes que ponen muchas trabas?
Está bien, pero echo en falta ver la presencia de Guardias Forestales en la sierra. Yo siempre que subo me bajo basura, una vez me encontré a una vaca comiendo restos de ensaladilla rusa que alguien había dejado por allí. Los perros no se pueden subir, pero la realidad es que te los encuentras sueltos. Nadie les llama la atención. Soy yo la que tengo que decirle que están las vacas y que tienen que atar a los perros.
¿Cuántos años llevas dedicándote a esto?
Yo estuve veinte años en una empresa francesa, Formadal. Pero hará unos doce o quince años que me dedico a esto, porque en 2012 me dieron la medalla y en 2011 me dieron la medalla de la provincia de Cádiz, después me dieron iniciativa de mujeres en Sevilla y después cuando me llamó Clara Aguilera, le dije: ¿No me daréis más nada, no? Porque me van a abuchear como a la duquesa de Alba, más premios no ¿eh? [bromea], y me dijo: Francisca es que te los has ganado, me dijo ella. A mí me habría gustado haber estudiado medicina, la carrera de juez también me gusta mucho, siempre lo he dicho.
Mi madre no estaba de acuerdo en que yo estuviera en el campo, pero claro lo consulto con la almohada y digo: ¿Qué hago?. Si yo ahora mismo no tengo dinero para afrontar ponerle a mi padre una persona, mi padre se va haciendo mayor y él no se quiere jubilar…yo tengo que quedarme con esto para que no se acabe. Lo hablé con el Parque, lo hablé con Cádiz, lo hablé con Diputación y con la Junta. Pues nada tuve que meterme en el charco y comerme el marrón que me estoy comiendo. Pero claro, mi padre hace más de treinta años vendía un borrego mejor que yo ahora, porque el valor no era el mismo que tiene el dinero hoy. Entonces, ¿qué está pasando? Yo estoy vendiendo ahora los borregos más baratos que mi padre, ¿Por qué? Y mi padre no le echaba el gasto que yo le estoy echando. Llovía mucho más, el equipaje no era el mismo, las criaturas se iban a la sierra con una manta y el perrito. Pero vivían una vida más tranquila, ellos disfrutaban de lo que estaban haciendo, yo hoy no disfruto. Yo estoy estresada, por no decir otra palabra, pero gracias a Dios estoy bien, tengo salud. Todo el mundo me dice: Francis, descansa. Porque están viendo que estoy muy dedicada a esto. Pero si yo no me dedico a esto, ¿quién lo va a hacer? Si yo no lo hago, esto se cierra. Aquí se echa una llave el día que yo diga adiós, y se acabó.
¿Qué edad tienes ahora?
Sesenta y uno. Pero la gente no se cree la edad que tengo porque no los aparento.
¿Qué has pensado hacer cuando te jubiles?
Espérate a que llegue, porque con este estrés no voy a cobrar mucho. Pero quiero pararme, dormir y comer bien, salir de la mesa satisfecha, haber hablado, haber saboreado la comida, no mirar el reloj, comerme un bombón de los que me comía con mis padres y eso ya no lo tengo, dar un paseo, viajar, pararme donde no me paraba, leer, que me gusta leer, escribir, meditar… muchas cosas. No creo que me dé tiempo a todas, a no ser que llegue a los cien años.
Fotografías
- Francisca junto a sus padres.
- Benito García, padre de Francisca, con sus cabras atravesando el pueblo.
- Francisca en la sierra de Grazalema.
Notas
- Se trata de una faja de terreno por la cual los ganados pueden transitar de unos pastos a otros.
- Varita de madera que se empleaba para mover el queso.
- Mesa baja, larga, de tablero con ranuras, cercada de listones y algo inclinada, para que al hacer queso escurra el suero y salga por una abertura hecha en la parte más baja.
- Mesa baja, larga, de tablero con ranuras, cercada de listones y algo inclinada, para que al hacer queso escurra el suero y salga por una abertura hecha en la parte más baja.
- Pegajoso, pringoso.