L ucía Cobos González es ganadera y periodista, y aunque todavía mantiene parte del trabajo de su vida anterior como consultora y gabinete de comunicación (actualmente forma parte de la Asociación Española de Perfusionistas), no terminó de encontrar su sitio en la ciudad. Vivía en plena Plaza de Callao y, a raíz de la muerte de sus abuelos, comenzó a sentir una conexión especial con el campo y las tierras de sus antepasadas. Las Cumbres es la finca que su tía y su madre heredaron de su bisabuela, está ubicada en Cumbres de Enmedio, considerado actualmente como el pueblo menos poblado de Huelva y de toda Andalucía. La ganadería cuenta con 200 hectáreas, en las que Lucía tiene 70 vacas limusinas, 3 toros y 170 ovejas cruzadas. A pesar de todas las dificultades que este cambio de vida supone para ella, nos habla con orgullo de todo lo que la rodea actualmente y se emociona cuando hace referencia a lo que le decía su hermano cuando hablaba de sus tierras: no te das cuenta de lo privilegiada que eres al pisar una tierra que es tuya.
Soy una afortunada por vivir en la tierra que un día cuidaron mis antepasadas
El proyecto ganadero de Lucía ha ido cambiando desde que empezase en el año 2015. Al principio, ella quería encargarse solamente de la parte administrativa y comercial, pero las circunstancias le han hecho tener que dejar un poco de lado esa idea para acabar haciendo de todo un poco. En la finca le ayudan su hermano, que es veterinario y que ejerce también fuera de la ganadería, y un trabajador que se encarga de sacar todo el trabajo que conlleva el manejo del ganado. Además, pertenece a la comunidad de Ganaderas en Red.
Lucía es madre de dos niños pequeños y nos asegura que en Madrid nunca se habría planteado ser madre, considera que la vida en el campo le aporta unas condiciones que de otro modo no habría podido tener. Aun así, sacar a sus hijos adelante siendo propietaria de una ganadería y manteniendo parte de su antigua vida le resulta complicado. Tanto es así, que una de las primeras frases que saca a colación durante nuestra entrevista contiene una realidad aplastante:
Qué madre ganadera puede ir a pesar un camión de paja a la báscula un martes a las siete de la mañana
Además, nos habla de lo complicado que le ha resultado adaptarse a su nueva realidad en muchos aspectos. El ser mujer en un mundo que hasta hoy ha sido considerado de hombres no ha sido tarea sencilla. «Estar en el campo como madre con dos niños pequeños no es fácil» dice Lucía. Es por ello, que trabajar y tener que coordinarse con hombres es, en muchas ocasiones, más difícil. Nos dice que choca mucho con ellos y con sus usos, costumbres y formas de trabajar. Los hombres son mucho más flexibles en sus horarios, cambian mucho de planes porque «disponen al cien por cien de su tiempo, aunque tengan hijos y familias igualmente». Y no solo eso, también le está suponiendo un reto demostrar su autoridad ante ellos, porque al estar su hermano con ella acuden a él como responsable de la ganadería en muchas ocasiones. Pero, nos asegura, que su hermano hace hincapié en demostrar que ella es la que toma las riendas y quién está al frente.
La primera vez que vi una vaca de cerca fue cuando fuimos a por las nuestras
Es curioso a la par que valiente, cómo Lucía apenas contaba con conocimientos acerca de animales y ganadería decide emprender este camino. Entre risas nos cuenta algunas anécdotas de antes de empezar con su proyecto, de cómo ella llegó a preguntar cuántos meses dura la preñez de una cabra. El empezar de cero también ha sido duro de cara a relacionarse con personas que llevan toda la vida en el campo, que en ocasiones le han hecho sentir que ella no está a la altura.
Cuando fuimos a comprar las primeras vacas y se cerró el trato, yo le di la mano al señor que nos las vendía y le dije: Ahora ha vendido usted las vacas, porque yo soy quien las compra
¿Hay alguna otra cosa del campo a la que te haya costado acostumbrarte?
Lucía:A los dos o tres días de llegar las vacas, nació un becerro y cuando fuimos a verlo me dijeron: Uy, ese becerro es muy raro, ese becerro se muere. Yo dije, pero cómo que se muere… mi hermano me dijo que era normal por el traslado, y que podía pasar. Me frustraba mucho pensar que se moría y que yo no podía hacer nada. Han pasado siete años y me descubro mucho más dura en ese sentido, los sofocones que yo me llevé los primeros años con becerros que se morían, las vacas que tuve que sacrificar por ser positivas en tuberculosis y con un mastín que me habían regalado, que esa es otra historia.
Me regalaron un mastín y yo le puse Toby, por Toby Ziegler, el personaje de la serie El Ala Oeste de la Casa Blanca, que era el director de comunicaciones de la Casa Blanca, y mi Toby era el director de comunicaciones de Las Cumbres, porque era el que iba a ladrar e iba a poner orden allí. Entonces, otro perro que estaba en la finca se lo llevaba de excursión todas las noches y al mes y medio mi Toby no volvió… Lo que yo he llorado…
Si yo en siete años he cambiado bastante, la persona que lleve toda la vida en el campo ve la muerte de sus animales como una cosa más, una parte más de la vida en el campo, es mucho menos permeable en ese sentido.
Lucía hace hincapié en lo complicado que le ha resultado afrontar la muerte de los animales en el campo o el hecho de tener que separar a los becerros de sus madres, lo doloroso que se le hace escuchar a las madres llamando a sus crías. Nos cuenta que es sorprendente cómo cuando vuelven a juntarlos en el ganado, muchas madres vuelven con sus crías a pesar de que ya han crecido y no necesitan mamar. «Estoy lejos de ser antiespecista, hay cosas que tengo muy claras, pero hay cosas que me siguen removiendo»
Su hija, Lola, nació un año después de incorporarse como ganadera. Y su segundo hijo, Nico, nació un mes antes de que comenzase la pandemia. Habla de lo complicado que fue conciliar la crianza de sus hijos durante los meses de confinamiento y, a pesar de que no quiere volver a Sevilla, sabe que cuando sus hijos crezcan tendrá que volver a la ciudad.
¿Cómo es la rentabilidad del campo?
En principio yo quería generar dos puestos de trabajo, uno que está cubierto actualmente por el trabajador que está con nosotros y que intentamos que tenga las mejores condiciones posibles, y otro que al final se lo queda el campo. Porque poner al día una finca que había estado arrendada muchísimos años, en la que no había de nada supone mucha inversión. Recuerdo que el primer día que llegué al campo, que fue el mismo que nos trajeron las vacas, vino el señor del tractor que me traía un bebedero y venía a poner la paja y ordenar las pacas de paja que nos habían traído el día de antes. No había nada, ni comederos ni bebederos. Empezar así es muy difícil, porque todo lo que vas generando se lo queda el campo.
Nos dijeron que los animales tenían que dejar de beber de las charcas, y dijimos que teníamos que hacer un sondeo, los bebederos, hacer el manejo… La rentabilidad se la sigue comiendo el campo.
Decíamos: Este año, este año va a ser ya, ya vamos a ver la luz: pandemia. Bueno el año que viene: crisis energética mundial, sequía. En 2020, además de la pandemia, sufrimos un incendio en el que se quemaron 20 hectáreas del campo. Es decir, que al final siempre pasa algo y como nosotros tenemos otro trabajo que nos sustenta pues al final seguimos echando dinero en el campo. Y como decía mi abuelo: cualquier finca es manifiestamente mejorable hasta la total ruina de su dueño.
El campo funciona bien y eres capaz de hacer muchas cosas si hay una entrega absoluta y le dedicas muchísimo tiempo, que es como viven la inmensa mayoría de los ganaderos.
El pequeño ganadero vive dedicado al campo toda su vida y cuando vienes de otro mundo esa realidad resulta complicada
¿Crees que la venta directa puede ser la solución?
Yo creo que el futuro está ahí. Tenemos muy claro que las ganaderías con venta directa, los grupos de consumo, la soberanía alimentaria todo eso son cosas que están ahí y que son el futuro, como es el manejo regenerativo. Pero se necesita tanta energía y esfuerzo. Pero al final es más trabajo que añades a tu día a día, que necesita energía y esfuerzo, más esfuerzo. Por ejemplo, llevar a cabo la venta directa, supone muchísimas gestiones y tiempo, y si una echa las cuentas, posiblemente teniendo todo el tiempo, sea rentable. Pero a la ecuación hay que añadirle la crianza, el trabajo, los cuidados…
Elegí la vida que quise en ese momento, no es cuestión de renuncias. La vida que yo llevaba es incompatible con la vida que llevo o la maternidad que quería para mí
Al referirse a la maternidad y el trabajo de la mujer fuera de casa hace referencia al libro de Diana Oliver, Maternidades Precarias, porque tampoco considera que sea justo que ella tenga que dejar a sus hijos en el aula matinal más temprano para poder ir a trabajar, añade que ese sentimiento es universal, no solo se aplica al campo. «Estaba leyendo Maternidades Precarias un día a las 4 de la mañana, mientras mi hijo tenía fiebre y me agradecía a mí misma que la noche de antes, aunque estaba cansada, me había quedado trabajando hasta tarde y así las cuatro cosas urgentes que tenía que hacer al día siguiente las tenía encauzadas, porque al final siempre tenemos que hacer malabares con muchas cosas. Aunque esto es igual en todas partes, habría estado peor viviendo en Madrid. Yo me quejo sabiendo que estoy dentro del grupo de privilegiadas dentro de la crianza, porque vivo en un pueblo pequeñito, porque no tardo nada en aparcar en la puerta de casa, mi hija va a un colegio rural maravilloso en otro pueblo a cuatro kilómetros y en el pueblo tenemos un consultorio médico con un personal magnífico.»
El tener todo el rato la frustración de querer hacer cosas. A fin de cuentas, todo es tiempo, todo es tiempo y es dinero
¿Cómo os repartís las tareas del hogar y el cuidado de los hijos?
Mi marido teletrabaja dos días a la semana y el resto está en la oficina; yo me he ido organizando para tener más libertad en ese sentido y tener más disponibilidad para cuidarlos, pero en general yo me encargo de la ropa y él de las comidas. Normalmente compartimos responsabilidades y cuidados, pero al final la que está más encima del día a día soy yo.
A Lucía le habría encantado haber empezado antes en el campo y asegura que quizás así habría sido distinto, quería aprender muchas cosas antes de empezar, pero le fue muy complicado, piensa que muchos de los cursos que se imparten desde organismos públicos no están al día. Dice haber conseguido bastantes conocimientos sobre animales, pero le encantaría seguir estudiando hierbas y plantas. «La satisfacción que a mí me ha dado el borreguito que había sacado una pata y la cabeza y que yo fui capaz, con la ayuda de mi hermano por teléfono, de meterlo para adentro, buscar la otra pata y sacarlo adelante no es comparable con ninguna satisfacción que me haya podido dar mi otra vida profesional.»
En el campo hay mucha más verdad y realidad que en el mundo cultural
¿Estáis teniendo problemas de agua?
Sí, bueno ahora mismo vamos justitos, aunque hemos hecho un par de sondeos y no hay mucha agua y cada año hay un poco menos. La charca este año no se ha llenado, muchas veces las vacas acaban bebiendo de ahí, pero este año nada. Y el agua de la noria que tenemos ahí casi como depósito la utilizan ahora las vacas para beber.
¿Cuándo hacéis las parideras?
Ahora mismo paren de septiembre a abril, cada año intentamos recortar un poco más. Y con las ovejas hemos ido cambiando el criterio y el manejo, antes hacíamos tres parideras cada dos años, ahora las hacemos en dos lotes con lo cual ya son tres partos todos los años.
¿Crees entonces que alguien que no conoce el campo se puede incorporar?
Mayormente se incorporan los hijos o las mujeres de los ganaderos. Luego cuando te vas a incorporar y te explican todas las subvenciones… Me dijeron una vez que pedir subvenciones son quebraderos de cabeza y pensé que era una exageración, pero cada día que pasa estoy más de acuerdo con esa afirmación.
«Algo que realmente le frustra del campo es la sensación de no saber, de sentirse novata». Tiene un par de anécdotas relacionadas con este sentimiento de «mujer y pardilla: es que tú no te enteras» que resultan bastante interesantes. A pesar de todas las dificultades por las que ha pasado Lucía para poder llegar hasta donde ahora se encuentra, se siente privilegiada por la vida que tiene. Vivir en la tierra que un día pisaron y cuidaron con mimo sus antepasadas, disfrutar de los privilegios que no aporta la ciudad y permitir que sus hijos se críen en la naturaleza le aporta orgullo y calidad de vida. Su perspectiva acerca de la vida de campo resulta crucial para contar con un punto de vista distinto, el de alguien que ha vivido en una gran ciudad como Madrid y ha pasado a encontrarse en el campo cerca del pueblo más despoblado de Andalucía, este cambio curioso e interesante puede servir de referente a todas aquellas personas de ciudades que quieren comenzar su vida en el campo.
Fotografías
- Lucía con su hija Lola
- Lucía con su hijo Nico
- Lola y Lucía junto a sus vacas